Quizás se haya llegado al colmo del optimismo cuando traté de convencerte de lo imposible.
Eramos muy distintos, incluso menos que ahora. Sin embargo, no me importó e intenté llevarte de la mano con palabras, pero las palabras no te bastan y, con justa razón.
No puedo darte flores para que te reflejes en ellas cuando te levantes en las mañanas, pero te regalo por lo menos una imagen, una pequeña metáfora y una obvia pero escondida intención. La materialización del pensamiento se complica con la distancia, pues las letras se desgastan, las intenciones se olvidan y los ojos ignoran.
Sí, ignoras perfectamente, sabes que es lo mejor para ti, que lo principal es pensar con la cabeza, noble arte que aún no domino. Y así, te alejas de lo inseguro, te alejas de las intenciones, te alejas de lo que vemos imposible, pero te alejas al fin. Y estas distancias son las peores, pues se miden con los latidos del corazón y créeme cuando te digo que las palabras sólo las acentúan.
Ojalá se pudiera hacer algo con las buenas intenciones, algo que no sea solamente desgastarse, algo que sea un poco más que una buena intención.
Quizás la culpa es mía por dejarte entrar a alienarme, porque estuve conciente en su momento y sabía que lo imposible no lo logro con palabras, pero aún así lo quería, sabiendo que era suicidio voluntario y confundiendo la muerte contigo.
Ahora estamos tal como estábamos antes, existiendo, no ha cambiado nada importante en nuestras vidas, solo le añadimos un poco de azúcar a la rutina.
Yo sólo cree un motivo más para querer a alguien, mientras tú creabas un motivo para ser querida.
Siento no poder construir castillos, ciudades o imperios con mis palabras, serían más útiles que sólo acelerar tu pulso.
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