No recuerdas cuando empezaste a migrar entre mundos. Una mañana de esas ya te encontraste así: invadida, ajena y extraña. Te encontraste desnuda ante lo desconocido y decidiste abrazar esa sensación. Era el momento de perder la cabeza, de empezar a actuar sin razón, de enamorarse como esos extranjeros que ves en las películas.
Empezaste a frecuentarlo y a disfrutar su compañía, empezaste a dibujar realidades en tu mente.
Bailabas en tu cuarto al ritmo de esa canción que tanto disfrutas la letra, y aunque que no compartiera tu nombre, no te importa, el te la cantará, mientras te mira fijo a los ojos, mientras se quema con el calor de tu pecho cuando lo sientes cerca.
El mundo era tuyo, y tú sólo quieres quedarte en el suyo. Y tú sólo quieres entrar al suyo.
El universo no tiene nombres. Tú eras una, y el era el único. Estabas en desventaja, pues era muy poco probable que tus planes funcionaran, pero tú mandabas las señales correctas, y recibías las respuestas esperadas.
Eras la mano que mueve todo en el tablero de ajedrez.
Los sueños no te favorecían en las noches, pero lo imaginabas despierta, y era perfecto, y eras perfecta, eras exacta y precisa, y él era tuyo. Arácnida dedicación cazando al desprevenido, tejiendo un futuro invisible, fría con el cristiano que cenarías en tus redes.
Tu mente llevaba su nombre, invocabas su imagen con el pensamiento, y tú sonreías, esperando tu tiempo, esperando su momento, y consumar la felicidad máxima de tu más grande capricho.
Tarde comprendiste que tú llevabas las cadenas de esclava. Tarde te viste atrapada en sus garras y demás encantos.
No fue hasta tarde que oiste que la canción que tanto cantabas era la correcta, pero tu nombre era el equivocado.
Las caídas duelen más cuando descubres que tus alas siempre fueron falsas
Hey, no tenia que llevabas un blog.
ResponderEliminarEsta bueno.
Pd: Tuve algunos problemas con la calificación..