Te veo desde lo alto de la ciudad.
Te veo en las noches oscuras de luna nueva, bajo la luz tenue de pequeños faroles viejos y amarillos.
Te alejas rápido, segura, decidida, lista para fundirte con las sombras, en remolinos inciertos, como caprichos de la mente.
Te reflejas en las paredes frías de este mundo que yo solo construí, para contener tu esencia, para quererte un poco más.
Escondida a los ojos de los mortales, visible solo con el eco de mi pulso cuando te extraño, cuando me invitas a tus sombras, a unirme a tu danza eterna, al vals de mi pulso. Cuando te alcanzo con mis recuerdos, y alcanzo el fantasma que vive en tus labios... tibios labios que alguna vez amé.
Con tu mirada fija en mi alma, sin parpadear, sin perder el detalle, taladrando en mi alma, carcomiendo mi cordura y consumiendo mi voluntad, invadiendo las mentes de nosotros, los que tuvimos el valor de perdernos en la niebla nocturna para llegarte a amar.
En los tejados de mi ciudad, en el azul de la noche, en mis latidos torpes cuando te veo, en las sombras grises del manto que nos cubre de las verdades ajenas, te alcanzo a encontrar.
Eres como un bolero olvidado, lenta y precisa, firmemente marcando tus pasos en mi vida, en el fondo de cada mirada desviada hacia ti.
Desvanécete un poco más, como me has acostumbrado. Desvanécete en memorias eternas y mátame en el recuerdo de todos los besos que te he quitado.
Quiero fundirme en tus pasos una vez más.
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