La humedad evoca dulces cantares perdidos, cantares de los amantes grises, de los que se juran amor eterno bajo el agua, inmortalizando el sonido de sus corazones en el goteo de la lluvia de abril sobre el asfalto de las viejas ciudades. Ese maldito olor a humedad que te trae en nubes de memoria, como si supiera que casi, casi en el fondo, me gusta recordarte así.
Ha pasado ya mucho tiempo desde que decidimos marcharnos. Tú te fuiste ligera, en el aroma del café del desayuno, en el viento que mece la cortina del cuarto en esas mañanas calurosas, en el sonido de las llaves contra la puerta principal, tintinando, cual martillo con cincel, talandrando su paso en mi memoria, lento pero constante.
Fue tu cuerpo el que atravesó el portal, mas tu aroma... tu aroma se quedó en el aire, como mofándose del infortunio pasado, asentándose en los rincones en los que tu disfrutabas quedarte, casi casi como si no quisiera marcharse. Fue entonces cuando empecé a sospechar que te amé un poco, cuando me encontré con la mirada perdida, buscando una vez más ese punto maravilloso e invisible en el que te concentrabas mientras te sentabas a la ventana. El paisaje era ajeno, y a la vez era tan tuyo..
Recorrí el cuadro con calma, quizás así mis ojos podrían encontrar alguna mirada tuya grabada en las paredes de la ciudad, pero no, no te encontré ni en la vereda del frente, ni en el arbol del vecino que se deshoja sobre nuestro jardín, ni en el humo de los autos que pasan rápido por la calle, ni en esas rosas que dejaste olvidadas en la maceta que se deja ver cerca del zagúan.
Tan solo encontraba dibujos borrosos de memorias cercanas, algo manchados por la impaciencia.
Quizás entonces me di cuenta que no te habías ido sola, te llevaste contigo la casa. Y te llevaste la esencia con ella. El olor del café ya no era de café, y las sábanas de la cama ya no eran azules, y el espejo estaba con una sonrisa menos. Quedé solo en el recuerdo de lo que era una casa, ahora tan solo paredes con techo.
Y decidí, que era tiempo de reclamar lo justo. Pues no tenías el derecho de llevarte contigo el aroma del café, no tenías derecho a olvidar tus rosas, ni de quitar la sonrisa del espejo.
Era tiempo de conversar con la luna, para que me contara de tus sueños y tus noches, como antes lo hacía.
Era tiempo de invocar a las flores de primavera, pues ellas siempre le siguen el rastro a las suyas.
Era tiempo de comprobar si te llevaste la vida contigo...
O si fui yo quien la dejó irse.
"Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante"
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